Aeter era un mundo-árbol. Mucho tiempo atrás, los gigantes poblaban el Universo por millones, encontrándose en su apogeo. Pero son una raza que goza en exceso con las riñas y peleas, así que tal prosperidad no duró demasiado. Al cabo de cierto tiempo, de los mundos de los gigantes nació la guerra más terrible que se pueda imaginar. Los clanes lucharon entre sí por la supremacía, dando lugar a la destrucción de decenas de mundos.
Ceres, un mundo gigante, estaba cubierto por enormes bosques. Sus campos daban cobijo a descomunales vacas y ovejas que devoraban constantemente los tiernos prados. Entre las montañas se abrían paso ríos que desembocaban en el único mar de Ceres, que era tan profundo que hubieran hecho falta varios cientos de gigantes colocados unos sobre otros para tocar fondo desde la superficie. Los árboles eran cuidados con anhelo, pues de ellos provenía el principal alimento de los gigantes de Ceres, que eran los más sabios de toda su raza, y gozaban de un extenso conocimiento de todo tipo de magia. En la Gran Guerra fue el único mundo que decidió mantenerse al márgen.
Pero de nada sirvió, pues los temibles ejércitos decidieron utilizarlo como campo de batalla, de tal forma que pudieran preservar sus propios hogares intactos. Ceres pereció y sus restos fueron esparcidos en todas direcciones del espacio, en una gran explosión que significó el final de la guerra. Toda la sabiduría, la paz y la felicidad fue segada en lo que pareció un parpadeo de ojos.
Arasse, una mujer-gigante sabia, había previsto el fin de su mundo. Así que se puso manos a la obra y finalmente, mediante un potente sortilegio, otorgó a los bosques de Ceres una vitalidad sobrenatural que les permitiera sobrevivir a su destino fatal. Aun de tal forma, las batallas fueron tan brutales que todos los bosques fueron quemados y la gran mayoría de sus árboles mutilados del suelo.
Arasse vivía en una pequeña parcela (al menos bajo el punto de vista de un Gigante) al oeste del único continente de Ceres, cerca de la desembocadura de su río más importante, el Hipno. Su casa era un árbol tan alto como una montaña, y tal era su vigor natural que al recibir el encantamiento de Arasse ningún ejército fue capaz de dañarlo o derribarlo. Finalmente, tras la destrucción de Ceres, el estallido lo hizo salir disparado hacia el espacio, llevándose consigo parte de la tierra a la que estaban sujetas sus raíces que, informadas de los hechos funestos por ocurrir, habían drenado parte del río al que tenían acceso, almacenándolo bajo la base del árbol. El nombre del árbol de Arasse era Aeter.